Gerineldo

Referencia: 
0632r
  1. Archivo de audio: 
  2. Informante: 
    Marina García Fernández y Carmen Villanueva Rodríguez
  3. Edad del informante: 
    70 y 52
  4. Localidad: 
    Horcajo de los Montes
  5. Provincia: 
    Ciudad Real, España
  6. Recopilador: 
    Fernando Fernández Ortiz,perteneciente al equipo dirigido por Jerónimo Anaya Flores
  7. Fecha de registro:

    Martes, 23 Diciembre, 1986
  8. Notas: 

    Se repiten los versos pares hasta el 14; luego el 17 y 18.

    Verso 17b: al repetirlo, “mi creito [crédito] fuera perdido”.

  9. Bibliografía: 

    IGRH: 0023

    Versión publicada en Anaya Flores (2016: p. 242).

    Fuentes primarias
    Alonso Fernández y Cruz Casado (2003: n.º 24); Armistead (1978: P2 [Q1]); Atero Burgos (2003: n.º 5); Checa Beltrán (2005: n.º 2); Mendoza Díaz-Maroto (1990: n.º 39, 41 y 42); Piñero Ramírez (1996: n.º 3); Piñero Ramírez (2004: n.º 2 y 3); Piñero Ramírez (2014: n.º 9); Torres Rodríguez de Gálvez (1972: pp. 383-387).

  1. Categoría:

    Romancero
  2. Subcategoría:

    1.2. Romances de referente carolingio y caballeresco
  3. ¶: 
    —Gerineldo, Gerineldo,     Gerineldito pulido,
    ¡quién te tuviera esta noche     dos horas a mi albedrido!
    —Como criado, señora,     eso es burlarse conmigo.
    —No me burlo, Gerineldo,     que de veras te lo digo.
    —¿A qué hora ha de ser, señora,     eso que usté ha prometido?
    —Entre las doce y la una,     cuando tos estén dormidos—.
    Tres vueltas le dio al palacio     y otras tantas al castillo,
    y a la puerta de la infanta     ha dado un fuerte silbido.
    —¿Quién ha sido ese mal hombre,     quién ha sido ese atrevido?
    —Gerineldo soy, señora,     que vengo a lo prometido—.
    Le ha agarrado de la mano     y a su alcoba le ha metido;
    dándose besos y abrazos,     los dos quedaron dormidos.
    El rey que estaba en sospecha     al cuarto la infanta ha ido,
    los ha cogido a los dos     como mujer y marido.
    —¡Ay, Dios mío!, ¿qué haré yo?     ¡Ay!, ¿qué haré yo, Dios mío?
    —Si mato a mi jardinero,     mi jardín queda perdido;
    si mato a mi hija infanta,     mi creito queda perdido.
    Pondré mi espada por medio,     que me sirva de testigo—.
    Al refrío de la espada,     la infanta ha [¿recordecido?]:
    —Despiértate, Gerineldo,     que los dos somos perdidos,
    que la espada de mi padre     entre los dos ha dormido—.
    Se levanta Gerineldo     muy descolorido y frío;
    se echó por esos jardines     cogiendo rosas y lirios.
    Y el rey que tenía sospecha     al encuentro le ha salido:
    —¿De ánde vienes, Gerineldo,     tan descolorido y frío?
    —Vengo por esos jardines     cogiendo rosas y lirios,
    y una rosa muy viciosa     los colores me ha comido.
    —No me niegues, Gerineldo,     que con la infanta has dormido.
    Y a la una de la tarde     seréis mujer y marido.