Galán que corteja a una mujer casada

Referencia: 
1105r
  1. Archivo de audio: 
  2. Informante: 
    Juana Liébana García
  3. Edad del informante: 
    66
  4. Localidad: 
    Jamilena
  5. Provincia: 
    Jaén, España
  6. Recopilador: 
    José Checa Beltrán, Joaquina Checa Beltrán y Pilar Salanueva Mateo
  7. Fecha de registro:

    Lunes, 1 Diciembre, 1980
  8. Notas: 

    En esta versión, se repiten todos los versos pares.

    Notas léxicas:

    silguero: por jilguero.

  9. Bibliografía: 

    IGRH: 0203

    Versión publicada en Checa Beltrán (2005: pp. 82-83).

    Fuentes primarias
    Alonso Fernández y Cruz Casado (2003: n.º 20); Atero Burgos (2003: n.º 21); Checa Beltrán (2005: n.º 8); Mendoza Díaz-Maroto (1990: n.º 175); Piñero Ramírez (1996: n.º 22); Piñero Ramírez (2004: n.º 16); Piñero Ramírez (2014: n.º 60).

  10. Resumen: 

    Un individuo acude a misa con su madre. A la salida de la iglesia, se enamora de una muchacha. La sigue hasta su jardín, donde la corteja, pero ella lo rechaza porque está casada. El joven se retira apesadumbrado a un jardín o al campo, donde le declara a un pájaro su mal de amores. Este le aconseja que insista con firmeza, arguyendo que las mujeres suelen ser débiles de voluntad. En algunas versiones, se incluye una secuencia en la que él le escribe una carta de amor, a la que ella responde citándolo en su jardín. Finalmente, el galán consigue lo que quiere y la dama se lamenta de haber sucumbido a sus deseos, pues llamándose Clara ha acabado enturbiándose. La muchacha advierte de que nunca debe decirse: "de este agua no he de beber".

  1. Categoría:

    Romancero
  2. Subcategoría:

    1.4.1. La conquista amorosa: cortejo, seducción, rapto
  3. ¶: 
    Domingo por la mañana,     salí a misa con mi madre.
    Al salir, yo me encontré     una mujer como un ángel.
    Yo le perseguí los pasos     por ver adónde se entraba
    y la vi que se metió     en la iglesia consagrada.
    Mientras que duró la misa,     no estuve en misa ni en nada,
    solo estuve contemplando     a aquella mujer tan guapa.
    Ya se ha acabado la misa,     ya se acabó mi esperanza,
    ya se ha quedado mi cuerpo     sin corazón y sin alma.
    Viendo que no me quería,     al campo yo me tiré;
    oigo cantar un silguero*     y a su canto me acerqué:
    —Silguerito, jilguerito,     ¿qué medicina me das?
    Para una mujer que amo,     y no la puedo lograr—.
    El jilguero me contesta:     —Ámala tú con firmeza,
    que, al fin y al cabo, es mujer     y lograrás su pureza—.
    Yo la he seguido tratando,     como el jilguero decía,
    y al poco tiempo logré     mucho más que yo quería.