El confesor de su madre

Referencia: 
1470r
  1. Archivo de audio: 
  2. Informante: 
    Rosa Puerta Martín
  3. Edad del informante: 
    83
  4. Localidad: 
    Laujar de Andarax (Alpujarra almeriense)
  5. Provincia: 
    Almería, España
  6. Recopilador: 
    David Mañero Lozano
  7. Fecha de registro:

    Martes, 26 Junio, 2018
  8. Notas: 

    La informante asegura que esta canción es muy antigua y que la aprendió durante la faena de la uva.

    Este registro ha sido recopilado en el marco del proyecto de I+D (Excelencia) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades “Documentación, tratamiento archivístico digital y estudio lexicológico, histórico-literario y musicológico del patrimonio oral de la Andalucía oriental” (referencia: FFI2017-82344-P), financiado por la Agencia Estatal de Investigación (AEI) y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER).

    Otros datos de la informante:
    Rosa nació en Laujar de Andarax. Ha trabajado como asistenta del hogar y como empleada de un restaurante. Sus padres eran naturales de la misma localidad. Su padre trabajaba como albañil y agricultor y su madre era ama de casa.

    Pendiente de transcripción musical.

  9. Bibliografía: 

    Fuentes primarias 
    Atero Burgos (2003: n.º 265); Checa Beltrán (2005: n.º 43); Mendoza Díaz-Maroto (1990: n.º 212).

  10. Resumen: 

    Una joven mantiene relaciones con un muchacho del que queda embarazada. Este se desentiende de ella, así que la muchacha, apurada, decide abandonar al niño en medio del campo. Allí lo encuentra un pastor, que se lo lleva a su casa. Su esposa y él deciden criarlo. El niño crece y se hace cura. A su parroquia acude un día una apurada señora para confesar el crimen que cometió hace varios años. Ambos se reconocen. El hijo la perdona porque comprende que la culpa fue del hombre que la deshonró.

  1. Categoría:

    Romancero
  2. Subcategoría:

    2.4. Reencuentros / Abandonos
  3. ¶: 
    Elena tenía amores     con un joven muy gallardo,
    este se llamaba Flores,     por apellido, Navarro.
    Esos dos se festeaban,     se amaban con ilusión,
    y en sus brazos estrechaban     al mundo sin precaución.
    Cuando más tranquilo estaba,     ella encinta quedó;
    trataron de casamientos     y este milagro se dio.
    —Ahora que he perdío mi honra,     ahora, ¿qué vamos a hacer?
    Antes que llegue la hora,     hacerlo de padecer—.
    Llegó la hora dichosa,     que ha dado a luz un varón;
    quedando bien en el acto,     Elena se levantó.
    Cogió a su hijo en los brazos     y se lo ha llevado al monte
    y, en medio de aquel barranco,     se lo dejó a media noche.
    Liadito en un pañal,     lo dejó encima una mata.
    Esta mujer criminal     se marchó para su casa.
    Al cabo de poco tiempo,     un pastor que allí se hallaba
    desde muy lejos oía     cómo aquel niño lloraba.
    Acercándose el pastor     a los gritos de aquel niño,
    cogiéndolo en sus brazos,     lo besaba con cariño.
    Se marchó para su casa,     iba loco de contento
    a enseñarle a su mujer     aquel infeliz encuentro.
    Los dos, muy compadecidos,     para la iglesia se fueron
    a bautizar a aquel niño,     que lo amaban con anhelo.
    Cuando doce años tuvo,     le decían con locura:
    —Te vamos a dar de estudios     para carrera de cura—.
    En la catedral del Carmen     pidieron por caridad
    que si estudios querían darle     a aquel niño por piedad.
    Por fin le dieron estudios     y lograron su intención,
    y muy pronto ha salido     cura de la población.
    En la catedral del Carmen,     una mañana amaneció;
    una señora elegante     de rodillas se postró.
    Un cura muy jovencito     que al confesionario entró
    y le dice a la señora:     —Habla usted en nombre de Dios.
    —Padre, tengo una gran pena,     he sido una criminal,
    más indigna que una fiera     en esta tierra fatal.
    No tengo perdón de Dios     porque he sido una incruel,
    que se la lleve el Señor    con el mismo Lucifer.
    Yo tiré a un hijo mío     el veinticinco de agosto
    del mil ochocientos cinco     en el barranco del Rostro.
    El cura quedó parado     sin aliento y sin valor
    al oír aquel milagro     que la señora exclamó.
    —Señora, es usted mi madre,     por lo que se explica usted.
    —¡Nuestra señora del Carmen!     —ha exclamado esta mujer.
    Madre e hijo se abrazaron     sin poderse separar.
    Este milagro logró     nuestra señora del Carmen.