El confesor de su madre

Referencia: 
0958r
  1. Archivo de audio: 
  2. Informante: 
    Fermina Álvaro Cebrián
  3. Edad del informante: 
    51
  4. Localidad: 
    Miguelturra
  5. Provincia: 
    Ciudad Real, España
  6. Recopilador: 
    María del Prado Cuenca Redondo, perteneciente al equipo dirigido por Jerónimo Anaya Flores
  7. Fecha de registro:

    Martes, 18 Enero, 1983
  8. Notas: 

    La informante indica que el título de este romance, que aprendió de su madre, es Los amores de Elena.

    Notas léxicas:

    conocidos: por conmovidos.

    Otros datos de la informante:

    La informante nació en Miguelturra y vive en Ciudad Real, donde se recogió la versión.

  9. Bibliografía: 

    Fuentes primarias 
    Atero Burgos (2003: n.º 265); Checa Beltrán (2005: n.º 43); Mendoza Díaz-Maroto (1990: n.º 212).

  1. Categoría:

    Romancero
  2. Subcategoría:

    2.4. Reencuentros / Abandonos
  3. ¶: 
    Elena tenía amores     con un joven muy gallardo,
    este se llamaba Flores     y de apellido Navarro.
    Estos dos se festejaban,     se amaban con ilusión,
    y en sus brazos la tomaba,     la besaba con pasión.
    Llegó un día que esta joven,     ella encinta se quedó
    y, al verse ella embarazada,     se aclamaba con dolor:
    —Yo he perdido la honra     y lo que debo de hacer,
    antes que llegue la hora,     yo l’haré desaparecer—.
    Llegó la hora del parto,     dándole Dios un varón;
    quedando buena en el acto,     Elena se levantó,
    tomando a su hijo en brazos     y hacia el monte se dirige
    y, en el hondo de un barranco,     lo ha dejado a media noche.
    Liadito en un pañal,     lo dejó encima una mata,
    y esta mujer criminal     se marchó para su casa.
    Y al amanecer el día,     un pastor que allí se hallaba,
    que de muy lejos oía     que el pobre niño lloraba.
    Al instante se acercó     al auxilio de aquel niño
    y en sus brazos lo tomaba     y lo besaba con cariño.
    Y aquel pastor, muy contento,     a su casa se marchó
    con aquel precioso encuentro,     y a su mujer se lo dio.
    Y los dos muy conocidos,     al instante ellos se fueron
    a bautizar aquel niño,     que lo amaban con anhelo. [Com.]
    Y apenas trece años tuvo,     le dijeron con dulzura:
    —Vamos a darte el estudio     para carrera de cura—.
    Y en el convento del Carmen     lo amaban con caridad.
    —Si carrera queréis darle     a este niño, por piedad—.
    Por fin le dieron estudios     y ha logrado su intención,
    y muy pronto ha salido     cura de la población.
    Y en la catedral del Carmen,     la otra mañana pasó
    una señora elegante,     y a confesar se acercó.
    Y el cura muy jovencito     de rodillas se postró
    y le dijo a la señora:     —Hable usted en nombre de Dios.
    —Padre, tengo una gran pena,     yo he sido una criminal,
    más indigna que una fiera,     que mi intención fue fatal.
    No tengo perdón de Dios;     ¡qué sensible he sido yo!;
    por no verme deshonrada,     he cometido la acción.
    Yo tiré a un hijo mío     en el barranco del Hoyo,
    en mil ochocientos quince,     el veinticinco de agosto.
    —Entonces usted es mi madre,     por lo que se explica usted.
    —¡Nuestra Señora del Carmen!     —ya clamaba esta mujer.
    Madre e hijo se abrazaron     sin poder ya separarse.
    Que nos dé el cielo infinito     nuestra Señora del Carmen.