Conde Claros en hábito de fraile

Referencia: 
1355r
  1. Archivo de audio: 
  2. Informante: 
    Teresa Domínguez
  3. Edad del informante: 
    73
  4. Localidad: 
    Malagón
  5. Provincia: 
    Ciudad Real, España
  6. Recopilador: 
    María del Carmen Gómez Domínguez y María Luisa Izquierdo, pertenecientes al equipo dirigido por Jerónimo Anaya Flores
  7. Fecha de registro:

    Sábado, 7 Noviembre, 1981
  8. Notas: 

    Otros datos de la informante:

    Teresa nació en Malagón, donde se recogió el romance, pero se crio en Las Peralosas.

  9. Bibliografía: 

    IGRH: 0159

    Versión publicada en Anaya Flores (2016: pp. 175-176).

    Fuentes primarias  
    Alonso Fernández y Cruz Casado (2003: n.º 2); Armistead (1978: P2 [B]); Atero Burgos (2003: n.º 3); Mendoza Díaz-Maroto (1990: n.º 38); Piñero Ramírez (1996: n.º 1); Piñero Ramírez (2014: n.º 6).

  10. Resumen: 

    Una dama es requerida por un caballero, que le promete mantener su amor en secreto. El amante cuenta su aventura en la corte, con tan mala fortuna de que llega a los oídos del padre de la muchacha. En otras versiones, la descubre un criado, que se lo cuenta a su padre. Este la encierra en un pozo o en un cuarto. Pasados unos días, unos familiares le comunican que va a ser quemada. La muchacha implora la presencia de un ángel, un pájaro o un familiar para hacer llegar a su antiguo amante una carta donde le informa de su situación. El conde accede a salvar la vida de la muchacha porque lleva en el vientre a un hijo suyo. El día en que se disponen a quemarla, aparece el amante, quien, vestido de monje o de clérigo, exige confesar a la joven. Le pregunta cuántos amantes ha tenido y ella responde que solo uno. El conde le desvela su identidad, huye con ella a caballo y se casan. En otras versiones, el conde se descubre y detiene la ejecución.

  1. Categoría:

    Romancero
  2. Subcategoría:

    1.2. Romances de referente carolingio y caballeresco
  3. ¶: 
    Lisarda se paseaba     por sus altos corredores,
    con velo bordado de oro,     que le arrastran los galones.
    Pasó por allí don Lunas     y se colmaron de amores.
    —¡So, Lisarda, quién te viera     esta noche en mis  honores!
    —Esta noche y otra noche,     todas las que usted quisiera;
    ha de ser con condición     que en la corte no se sepa—.
    Otro día de mañana     en la corte se decía:
    —Yo dormí con una dama,     más hermosa no la había—.
    Todos a voces decían     que Lisarda sería,
    y si no era Lisarda,     una hermana que tenía.
    Su padre llamó a Lisarda:     —Lisarda del alma mía,
    que si esto fuera verdad,     en una lumbre arderías;
    y si esto fuera mentira,     reina de España serías—.
    Lisarda metió en su cuarto,     ande bordaba y cosía,
    y la pobre de Lisarda     embarazada se hacía.
    —¡Si bajara un pajarito     de estos que saben volar,
    le mandaría una carta     al conde de Montalbán!—.
    Ha bajado el pajarito     y en el pico se la da
    para el conde de don Lunas,     que paseándose está.
    —Si es verdad lo que me dices,     te daré de merendar—.      
    Se quita la ropa el conde,     de fraile se la pondrá;
    ha llegado a la plazuela     donde la van a quemar.
    —Se retire la justicia,     si se quiere retirar,
    que Lisarda es muy niña     y se quedrá confesar.
    —Padre, yo ya he confesado,     me quiero reconfirmar.
    —¿Has amado a algún amante     más que al conde Montalbán?
    —No le he amado ni le amo     ni le he dejado de amar.
    —¿Le has escrito alguna carta     o le has mandado a llamar?
    —Una carta yo le he escrito,     a él bien poco se le da.
    —No se le dará tan poco,     cuando delante ti está—.
    La ha cogido de la mano,     la ha mandado a levantar,
    la ha montado en su caballo     y al pronto prencipia a andar.
    —Quédese con Dios, mis padres,     que con mi esposo voy ya.
    La lumbre se queda echada,     que quemen a un animal,
    que estos no son motivos     para  Lisarda quemar.