Conde Claros en hábito de fraile

Referencia: 
1038r
  1. Archivo de audio: 
  2. Informante: 
    Ida Salcedo Sobrino
  3. Edad del informante: 
    63
  4. Localidad: 
    Carrión de Calatrava
  5. Provincia: 
    Ciudad Real, España
  6. Recopilador: 
    María Teresa Villanueva, perteneciente al equipo dirigido por Jerónimo Anaya Flores
  7. Fecha de registro:

    Martes, 31 Enero, 1984
  8. Notas: 

    La informante le da el título de Lisarda.

    Notas léxicas:

    varones: por galones.

  9. Bibliografía: 

    IGRH: 0159

    Versión publicada en Anaya Flores (2016: pp. 172-173).

    Fuentes primarias  
    Alonso Fernández y Cruz Casado (2003: n.º 2); Armistead (1978: P2 [B]); Atero Burgos (2003: n.º 3); Mendoza Díaz-Maroto (1990: n.º 38); Piñero Ramírez (1996: n.º 1); Piñero Ramírez (2014: n.º 6).

  10. Resumen: 

    Una dama es requerida por un caballero, que le promete mantener su amor en secreto. El amante cuenta su aventura en la corte, con tan mala fortuna de que llega a los oídos del padre de la muchacha. En otras versiones, la descubre un criado, que se lo cuenta a su padre. Este la encierra en un pozo o en un cuarto. Pasados unos días, unos familiares le comunican que va a ser quemada. La muchacha implora la presencia de un ángel, un pájaro o un familiar para hacer llegar a su antiguo amante una carta donde le informa de su situación. El conde accede a salvar la vida de la muchacha porque lleva en el vientre a un hijo suyo. El día en que se disponen a quemarla, aparece el amante, quien, vestido de monje o de clérigo, exige confesar a la joven. Le pregunta cuántos amantes ha tenido y ella responde que solo uno. El conde le desvela su identidad, huye con ella a caballo y se casan. En otras versiones, el conde se descubre y detiene la ejecución.

  1. Categoría:

    Romancero
  2. Subcategoría:

    1.2. Romances de referente carolingio y caballeresco
  3. ¶: 
    Lisarda se paseaba     por sus altos corredores,
    con manto de oro bordado,     que le arrastran los galones.
    Pasó por allí don Lunas     y se calmaron de amores.
    —¡Ay, Lisarda, quién te viera     (y) esta noche en mis salones!
    —Esta noche y otra noche,     todas la que usted quisiera,
    pero con la condición    que en la corte no se sepa—.
    A otro día por la mañana,     en la corte se decía:
    —Yo dormí con una dama,     más bonita no la había—.
    Todos dijeron en voz     que la Lisarda sería,
    y si no era la Lisarda,     (y) una hermana que tenía.
    Su padre llamó a Lisarda:     —Lisarda del alma mía,
    pues si esto fuera verdad,     en una hoguera arderías;
    y si esto fuera mentira,     reina de España serías—.
    La metieron en un cuarto     donde bordaba y cosía,
    y la pobre de Lisarda     (y) embarazada sería.
    —¡Si llegara un pajarito     de estos que saben volar,
    una carta le escribiera     (y) al conde de Baltasar!—.
    Ha llegado un pajarito     y en la mano se la da:
    —De su esposa la Lisarda,     que está mandada quemar.
    —La quemen o no la quemen,     a mí poco se me da;
    siento lo que lleva dentro,     que es mi sangre virginal—.
    Ha montado en su caballo,     de sacerdote se va,
    y ha llegado a la plazuela     donde la van a quemar.
    —Retírese la justicia,     si se quieren retirar,
    que la Lisarda es muy niña     y se querrá confesar.
    —Padre, ya me he confesado,     me quiero reconfirmar.
    —¿Tú has amado a algún amante     o lo has pensado de amar?
    —Sí, señor, que lo he amado,     al conde de Bartasar;
    me quemen o no me quemen,     (y) a él poco se le dará.
    —No se le dará tan poco,     cuando delante ti está—.
    La ha montado en su caballo     y, al punto, comenzó a andar.
    —Quédese usted con Dios,  padre,     que con mi amante voy ya.
    La lumbre se queda echada,     que quemen a un animal,
    que no son tantos motivos     para una mujer quemar.