La serpiente asesina [ATU 300]

Referencia: 
0027n
  1. Archivo de audio: 
  2. Informante: 
    Carmen Cervera
  3. Edad del informante: 
    75
  4. Localidad: 
    Zagra
  5. Provincia: 
    Granada, España
  6. Recopilador: 
    José Manuel Pedrosa
  7. Fecha de registro:

    Martes, 1 Diciembre, 1992
  8. Notas: 

    La informante indica que el cuento se lo relató su padre, a quien iban también a escuchar los vecinos.

  1. Categoría:

    Narrativa
  2. Subcategoría: 
    1.2.1. Cuentos de magia
  3. ¶: 

    Eso era un muchacho que se murió su padre. Y… y la madre, pues se casó con un negro, y se fueron a una chocilla porque estaban mu pobres. Y el muchacho, po… ya ves, era padrastro, y ¿cómo le iba a querer? No le quería. Y la mujer, pues ya estaba con el hombre… con el negro. Y tenía unas ovejillas. Guardaba, todos los días se iba y le echaba una merendilla, una graná. Y ella y eso, y se iba todos los días, y un día pues trompezó, trompezó con un cazaor. Y le dice:
     —¡Muchacho!— Dice: —¿Me cambias, m… me cambias esas ovejas por estos perros?
     —¡Uy, hombre, eso me hacía falta! ¡Que tengo yo un padrastro, un negro que es más malo...! Y me mataba.
     —¡Ah, deja, tú qué sabes esto! Esto tienen un misterio. Esto va | tienen una comida segura. Y si no verás. Anda, Lucero, anda, y te traes un conejo.
     Y al momento lo tenía el conejo.
     —¿Has visto?
     Con que dice:
     —Pus bueno, ¿cómo se llaman?
     Dice:
     —Mira, este se llama Lucero. Y este Caena. Y este Estrella.
    Con que lo | llámalos.
     Y los llamó, y se iban detrás de él. Que estaba el hombre | se fue con los | con las ovejas, tres ovejas que tenía. Y aquello era, había sío, como le decían los antiguos, una colá, una ca- | como un carril, una pelea grande, el hombre estaba ahí en la puerta y lo vio venir, ya por la tarde. Dice:
     —Mía, por donde… por donde viene tu hijo. Mía lo que ha hecho. Cambiar las ovejas que valen más, ya ves tú las ovejas, la lana, y la leche, y que paren, a por los perros, que no valen na. Deja que venga.
     Agarró el hombre un garrote pa darle una buena paliza. Cuando ya que iba: 
    —¿Qué has hecho, cambiar…? 
    Dice que iba pegarle, ella como era tan mala también, pos dice:
     —Lucero, Caena, Estrella y Caena, huíos con él.
     Y se liaron con él y lo mataron al hombre, los perros, al negro. Y la mujer se quedó llorando:
     —¡Vete, vete! ¡Lo que has hecho con mi negrito, vete!
     Con que dice:
     —¡Sí, que me voy!
     Con que se fue, lo llamó a los perros y se fue. Y vino aquí a Madrid, andando. Sí, sí paraba, y, cuando tenía hambre, po iban los perros | le traían un conejo y eso, y hacía una lumbre, y comían. Y otra vez tirando. Con que llegaron a Madrid y estaban ya, estaban tocando las campanas. Y preguntó, dice:
     —Diga usted, ¿pa qué tocan las campanas?
     Dice:
     —Porque mire usted, tos los días hay una serpiente en la sierra del Oete.
     Y preguntó él, dice:
     —¿Y dónde está esa sierra?
     —Allí, dice, mire usted, allí por un camino se va. Y allí está.
     Con que aquella noche, pues llegó a la posá y le dice a los perros:
     —¡Anda a ver! que | ¡Andad a ver esta noche cada uno por un conejo!
     Con que fue, se lo trajo uno. Dice:
     —¡Estrella, ahora te toca a ti! ¡Ahora a ti!
     Con que llegaron a la posá y le dice a la mujer:
     —Mire usted, apáñeme usted estos conejos fritos. Y uno pa usté pa que me pongan el pan y el aceite.
     Se lo regalaron a la mujer. Con que la mujer se lo apañó y se puso a comer él, el muchacho y los perros. Y él le echaba cada tajá, y la mujer le daba una lástima:
     —Ay, mire usted, ¿por qué le echa usted esa carne a los perros? ¿Por qué no le echa usted los huesos?
     Dice:
     —No, estos tienen que comer lo que yo como.
     Con que se hartaron, y a otra mañana pos fueron trempanico, dice:
     —¡Ven, que vamos a ir!
    Y estaban tocando las campanas, porque le había tocao eh | aquel día a la hija del rey. Y, como eh… como decían, pos… como a.. es toas | es tos los días, porque si no, pues viene la serpiente y hace una sarracina, de muchachos y tó. Que viene y no respeta na, a los niños y to. Y así, pos con esa, tiene bastante, bueno. Conque fue él y estaba | y… y la vio que estaba la que | la hija del rey detrás de un chaparrillo, y dice, que él con los ojos tapaos, pa no verla ni na, dice:
     —¿Qué haces aquí?
     Dice:
     —Mire usted, que todos los días se comen a una mozuela y hoy me ha tocao a mí, porque si no va al pueblo y así allí hace la sarracina.
     Con que fue y dice | y le quitó el pañuelo y dice:
     —¡Pues vete!
     Dice:
     —¡Ay, no! ¡Vese usted, vese usted, porque si no, ya conmigo hay bastante! ¡Que no le vaya, pa que se lo coma a usted también —la muchacha—. Ya, si me ha tocao esta mala suerte...
     Con que dice:
     —¡No, vete!
     Y la muchacha pues se fue ya más lejos. Como era el mismo sitio onde se la comía tos los días... Y venía, y ella se fue más pa allá. Con que cuando vinía aquello, con siete cabezas, con la cola trepaba a los chaparros, a los majanos. Y chiflando, que ello daba susto de verla a la serpiente. A la serpiente de | que venía y trepaba las matas, los chaparros y los majanos y to con la cola (majanos, los montones de piedras que se acumulan para limpiar las fincas para que no estorben las piedras pa la labranza. Se llaman majanos)  y los trepaba. Con que cuando ya iba llegando, pues se lió, él estab- | él se escondió, y ya se lió:
     —¡Lucero, Estrella y Caena, anda con ella!
     Y se liaron los tres perros y la mataron a la serpiente. Y él fue y agarró y le cortó la cabez- | las cabezas, y la lió en un pañuelo y se la llevó. Bueno, cuando ya llegó p' aquello justificarlo, no era tonto, si no... Cuando llegó, la niña, llegó alí:  
     —¡Ay, qué! ¿que te has escapao? ¡Ay, ahora vendrá!
     —¡No, no, no, papá! ¡Que la ha matao, la ha matao un hombre que llevaba tres perros!
     —¿Y quién es?
     —Yo no sé. Tres perros llevaba.
     Bueno, pasó por allí un carbonero, y así que como aquello había un letrero que el que… que el que la matara se casaba con la hija del rey. Pusieron el | un letrero. Cuando pasó el carbonero por allí, que iba (carbonero es de esos que iban vendiendo carbón), con unas bestias, y la vio y dice:
     —¡Uy, pues ahora lo que voy a decir es que la he matao yo!
     Con que fue y pusieron un letrero en la casa del rey. Y se presentó:
     —Mire usted, que yo a la serpiente la he matao yo.
     Con que la muchacha cuando lo vía dice:
     —¡Mira, éste es!
     —¡Ay, no, no, no, no, no, éste no es, éste no es!
     Claro, como él no se presentaba, pues na más se queó p'al carbonero. Bueno, pues se va a casar con él. Y dispusieron sus boas y trayeron, ya ves, como la hija del rey, muchas cosas. Aunque | Y él en la posá, él paraba en la posá. Iba por carne y comía, y él paraba allí. Cuando ya eh… tenían en la boa, en los torneos, que le decían los torneos, tres días de fiesta. Y ponían unas comías. Con que aquel día cuando ya... va y le dice:
     —Ahora vais, que no sus vea naide. Vais, y te traes el mejor plato que haya en la mesa.
     Cuando | cuando ya el rey dijo:
     —¡Uy, el perro, fuera!
     Y la muchacha:
     —¡No, no le hagáis na! ¡Ay, papa, éste es el perro!
     —¡Ay, el perro, fuera!
     —¡Ay, no hacerle nada, no hacerle nada! ¡Ay, papá, ése es el perro!
     Y el hombre se ponía el carbonero que hubiera florío. Dice:
     —¿No te acuerdas que fui yo?
     Le decía. Cuando llegó a la posá. Y se lo comieron entre los tres. Y a otro día, pues había también otra | otros torneos. Con que le dice, aquel día fue Caena, uno de ellos. Y al otro día dice:
     —Lucero, hoy te toca a ti. Vas por el mejor plato, y que no te vean dónde te metes.
     Con que el hombre puso guardias y to pa que lo pillaran al perro. Pero, ¡ah!, aquello por el medio la gente escabulló con el plato en la boca, y se fue. Y la niña cuando lo vio:
     —¡Ay, papá, ese es el otro perro!
     Y el hombre se ponía florío:
     —¡Qué mujer! ¡Qué va a ser ni éste! ¿No fui yo? ¿No te acuerdas que fui yo?
     Y ella pues no estaba a gusto porque sabía que él no era. Con que ya queaba na más el último. A otro día, pos se lo dijo al otro, a Estrella. Dice:
     —¡Estrella, hoy te toca a ti!
     Y hoy | y el hombre puso guardias, el rey puso guardias, pa que lo pillaran al perro. Dice:
     —¡Y hoy vienes despacio pa que te vean dónde te metes!
    Con que el perro cuando fue:
     —¡Fuera, no hacerle nada, no hacerle nada!
     Y ella:
     —¡Ay, papá, éste es el otro! ¡Que eran tres!
     Llegó, y fueron los municipales o quien hubiera allí de la autoridad. Hasta la posá. Y vinieron. Dice:
     —¿Qué? ¿Veis visto ónde estaba?
     Dice:
     —Sí. Mire usted, en una posá. Hay un hombre con tres perros.
     Y... y fueron. Dice:
     —¡Pues anda, ves por él!
     Y fueron por él con un coche. Entoces no había coches. Y los perros con él. Y salió uno, que era muy excento, un policía, dice:
     —Chico, ¿quién ha visto perro en el coche? ¡Fueeera!
     Y lo echaron. Fueron los municipales. Dice:
     —¿Por qué?
     Dice:
     —Porque ende no caben mis perros, no quepo yo tampoco.
     Con que ya se vinieron otra vez a la posá. Dice:
     —Mire usted, había allí un perro. Había un hombre, pero querían venir los perros también.
     Dice el hombre:
     —Pues anda, ves por ellos, y que vengan también los perros en el coche.
     Con que fueron, vinieron los perros en el coche. Cuanto que llegó, pos se lió diciendo la mu- | la hija:
     —¡Papá, éste es, éste es, éste es el hombre que la mató a la serpiente y estos son los perros!
     Bueno, pues ya aquel que se fuera, que a él ya no lo quería ella. Y a otra vez, pues fueron a celebrar la boa. Y ya dijeron que si tenía familia.
     —Que sí, mire usted, tengo mi madre, que vive en una chocilla, que está mu mal.
     Dice:
     —Si quiere, van por ella, que se venga pa que esté en la boa, que se casa su hijo con la hija del rey.
     Con que fue la madre y se vino a la boa. Y dice | Y fue, y cuando se murió el negro, fue y le cortó la oreja, y la guardó. Y se la, y se la trajo pa la boa. Cuando dice la madre, que era muy mala, le tenía el coraje porque lo mató. Dice:
     —Ay, mire usted, (arrae como le dijera), yo, mi gusto sería hacerle a mi hijo la cama.
     Dice:
     —Bueno, ¿qué mejor que tu madre?
     Con que fue y la hizo la cama, y la oreja que era del negro la metió debajo la almohá. Y el hombre, cuando se acostó, se queó frito. Y se murió. Con que aquel día, la muchacha se lió a llorar:
     —¡Ay, qué le habrá pasao, que mire usted que se ha muerto!
     —Bueno. Se ha muerto, pues vamos a enterrarlo.
     Y los perros allí a la verica de él. Y luego, pues al cimenterio, no había quien los echara, na más el sepulturero se puso:
     —Esto tiene que haber un misterio. A lo mejor lo sentierran o a ver lo que hacen.
     Como otras veces, no había nichos ni na. Con que cuando ya se fue toa la gente, pues se puso el sepulturero a ver lo que hacían. Y le dice:
     —¡Mi amo! Usted qué quiere, ¿vivir o morir?
     Dice el hombre:
     —Yo, ya que estoy muerto, bueno que estoy muerto, bueno que estoy ya muerto.
     Dice:
     —¡Pues entonces, quédate con Dios, que me voy!
     Y se fue. Y vino el otro:
     —¡Mi amo! Usted qué quiere, ¿vivir o morir?
     Dice:
     —Yo, ya que estoy muerto, bueno estoy muerto.
     —¡Pues entonces, quede usted con Dios!
     Y se fue. Y ya vino el último. Dice:
     —¡Mi amo! ¿Usted qué quiere, morir o vivir?
     Dice:
     —Hombre, ya que estoy muerto, bueno estoy muerto.
     Dice:
     —Mire usted, a esto toavía hay remedio. Que su madre le puso la orea debajo de la almohá y por eso se murió. —Dice— y en es- | eso se va, se trae la orea, se tuesta en el horno y se muele, se hace un polvillo y se va a la sierra onde matamos la serpiente, y se echa allí y revive usted. Bueno, pero como | sí, la oreja, la muelen en polvillo y allí la avientan allí en la sierra aquella.
     Bueno, pues como lo vio el sepulturero, pues fue y se lo dijo, y en seguía pues fue la mujer y lo hizo la melecina. Y vino y la echó el polvillo, la tuestó, y el hombre revivió. Y entoes le dijeron, ya lo sabía él lo que había hecho, que quería | qué quería pa su madre. Y dijo él que él no quería nada. Que si quería, dice:
     —Yo, no la quiero na más pa que la den pa que viva toa la vida. Pero yo que la mataran y eso ya no quería.
     Y ya está el cuento acabao y el culo chumascao.

     

  4. Subcategoría

    1.2.1. Cuentos de magia