El herrero burla al diablo [AT 330]

Referencia: 
0015n
  1. Archivo de audio: 
  2. Informante: 
    Caridad Lumbreras Bullón
  3. Edad del informante: 
    75
  4. Localidad: 
    Arroyo del Ojanco
  5. Provincia: 
    Jaén, España
  6. Recopilador: 
    David Mañero Lozano
  7. Fecha de registro:

    Sábado, 3 Octubre, 2015
  8. Notas: 

    Notas léxicas de Marta Torres Martínez:

    chuzo: ‘carámbano (pedazo de hielo)’ (DRAE, 2014). Tal como comprobamos en el NTLLE, esta acepción se recoge desde el DRAE (1970). En el TLHA se recoge una acepción de chuzo documentada en la localidad de Bélmez de la Moraleda: ‘estalactita o estalacmita que se produce por goteo en cuevas de piedra caliza’. Además, desde los inicios de la tradición lexicográfica del español se recoge el siguiente significado: 'Palo armado con un pincho de hierro, que se usa para defenderse y atacar’ (DRAE, 2014).

  1. Categoría:

    Narrativa
  2. Subcategoría: 
    1.2.1. Cuentos de magia
  3. ¶: 

    Era un herrero que tenía muchos hijos pero no tenía trabajo, el pobre. Estaba siempre muy preocupao porque no podía dar de comer a sus hijos. Y un día ya se salió por ahí al campo, desesperao:  
    —¡Ay, yo sería capaz de entregar mi alma al diablo con tal de tener trabajo y poder dar de comer a mis hijos! 
    Y allá que se le aparece el diablo: 
    —¿Qué has dicho?  
    —Pues que estoy muy desesperao, porque tengo muchos hijos y no tengo trabajo pa darles de comer, ni... y, vamos, que yo le daría mi alma al diablo con tal de... 
    —Pos yo soy el diablo, vamos a firmar un contrato. (Firmar un contrato por un periodo de tiempo, a lo mejor diez años. Sí, un periodo de tiempo) Cuando se acabe eso, yo vengo a por ti.  
    Y dice:—Vale. 
    —Venga, pues vete a tu casa, que ya verás como ya no te va a faltar trabajo. 
    Y nada, ya llegó allí y po… mucha gente, muchos camiones allí descargando... ¡trabajo! Pues ya vivía como un rey. Total, que él se olvidó del trato que había hecho ya con el diablo.

    Y un día iban por allí san Pedro y el Señor con un borriquillo y se pararon en casa del herrero a que les pusiera unas herraduras al burro y ya, entonces, eso. Dice: 
    —A ver qué le debo. 
    —Pues na, que si yo no necesito... 
    Dice: —Bueno, pues mira, este es el Señor. (Lo decía Pedro). Pídele algo, este es el Señor.
    —Pero si yo tengo de to, pero si yo no necesito nada. 
    Y dice: —¡Hombre, pídele! ¡Pídele algo, que el Señor te lo va a conceder! 
    San Pedro quería que se… que se redimiera, que se acordara del trato del diablo, pero él no… aquello lo tenía olvidao. 
     Dice: —Pues mira, tengo un banco ahí en mi puerta que es que… es que no me puedo sentar porque da mucho el sol… y siempre está lleno; yo nunca me puedo sentar. Que cuando se siente alguien, hasta que yo le diga que se levante, que no se pueda levantar. 
    —Vale, pues concedío lo tienes. ¡Pídele otra cosa, hombre, pídele! 
    Y él que no se acordaba del trato... 
    Y él: —¡Va, pídele algo! 
    —Pues mira, tengo un peral ahí en la puerta que dicen que echa unas peras buenísimas, pero es que yo no las he probao. Antes que maduren ya se las ha llevao la gente. Cuando el- | cuando alguien se suba al peral a coger peras, que no se pueda bajar hasta que yo se lo mande. 
    —Bueno, pues vale, pues concedío lo tienes. 
    Y dice: —Pues es que yo, en el banco ese, tengo una manta también, pero es que la gente cuando hace frío | la manta se lían en ella y yo nunca tengo... Pues cuando se líen en la manta, que yo no pueda | que no se puedan desliar hasta que yo se lo mande. 
    —Vale, pues concedío lo tienes, bueno, pues nada... 
    Pues ya se van, y ya pasan los diez años aquellos.

    Y una mañana, estaban acostaos todavía; los diablos deseando que se cumpliera el plazo pa ir a por el herrero, y llegan: 
    —¡Pom, pom! 
    —¡Oh! ¿Quién viene tan temprano? 
    —¡Venga, levántate! ¿Es que no te acuerdas del trato que hicistes? ¡Que ya se ha cumplío! ¡Venga, levántate, que nos vamos! 
    —Bueno, hombre, bueno... bueno, ya... ya me levanto. Na, siéntate una miaja en ese banco mientras yo me visto y... 
    Nada, pues se sienta. El tío se levanta y ya.. y ya sale. Y el diablo allí estaba sentao: 
    —¿No tenías tanta prisa? ¿Y ahora no te levantas, eh? 
    Y dice que cogió un hierro en la fragua, lo puso al rojo vivo y empezó a pegarle con el hierro, y el diablo que ya dice:
    —¡Ah, déjame que me vaya! ¡Déjame, que no te llevo! ¡Déjame! 
    Ya salió corriendo:
    —¡Ah, pues vete!
    Lo dejó que se fuera, y llega al infierno y dice: 
    —¡Madre mía! ¡Ese es más diablo que nosotros! Ese... ¡tú no veas!, ¡tú no veas! Allí me ha sentao en el banco, que no había manera de levantarme hasta que él ya... 
    Dice uno: 
    —Pues mañana voy a ir yo. Anda, a ti te ha engañao, pero ¿a mí que me va a engañar, ni me va a sentar en bancos, ni en ningún sitio? ¡Que no! 
    Pues total que va, y al otro día por la mañana allí que está otro diablo: 
    —¡Venga, que a mí no me vas a engañar como engañastes ayer a mi compañero! ¡Ámonos! 
    —Bueno, hombre, con el frío que hace. Líate en esa manta mientras yo salgo, que no te… | que te vas a quedar ahí helao. Con el calor que tenéis en el infierno y tú estarás más helao que un chuzo* ahí. 
    —Bueno, pues vale. 
    Se lía en la manta y lo mismo, que nada, que, que no... Y ya cuando se cansó de tenerlo allí: 
    —¡Déjame, déjame que me vaya, que ya no te llevo yo tampoco! 
    Hala, otro que se fue. Y entonces el diablo más malo que había en el infierno, el diablo Cojuelo, dice: 
    —¡Madre mía, qué pardillos estáis hechos! Mañana voy a ir yo ¡Ya verás si me lo traigo yo qué pasa! 
    Pues llega y dice: 
    —¡Venga, que hoy, hoy si que no te vas a escapar! ¡No me vas a engañar! 
    —Bueno, hombre, bueno. Mira, voy. Déjame que almuerce que es el último almuerzo que hago. Déjame. 
    Y se pone a almorzar allí tranquilamente. Dice: 
    —Anda, tráeme una pera del peral, que me la coma de postre, hombre. 
    Pues va el diablo, se sube al peral y ya pues que no se podía bajar. Empezó a pegarle: 
    —Pero, ¿tú qué? En vez de comer | traerme la pera, ¿qué estás, comiéndotelas? 
    Empezó a pegarle tiros con la escopeta, y ya na, pues que: 
    —¡Déjame! Es verdad que eres más diablo que nosotros. ¡Déjame que me vaya! 
    Pues nada, ya se fue, corriendo volvía la cabeza a ver si lo perseguía el diablo, y nada. Ya dijo: 
    —Este no podemos con él, así que este hay que dejarlo por imposible. 
    Y ya pues pasó el tiempo y se murió, se murió el herrero. Le dijo a su mujer que le preparara una buena merienda, porque no sabía el tiempo que se tardaba, y una bota de vino, que le echara una bota de vino, y una… bueno | pa tener pa'l camino. 
    Pues nada, se muere y se sube al cielo, y allí estaba san Pedro, y dice: 
    —Que vengo a ver, a que me dejes pasar. 
    —Pero ¿tú no te acuerdas que tú hicistes un trato y nosotros | yo te decía que le pidieras al Señor, a ver si te acordabas, pa romper el trato? Y tú no | Tú no puedes pasar, tú aquí no puedes entrar, tú tienes que irte allí abajo. Al infierno tienes que irte. 
    —Pues nada, pues me voy al infierno. 
     Llega y llama a la puerta:
    —¡Pom, pom, pom! 
    —¿Quién es? 
    —El herrero el Retamar.
    —¡Atrancad, atrancad!
    ¡Bah!, ¡que no! No podían | cansao | No le dejaban entrar tampoco. Se subió otra vez al cielo. 
    —San Pedro, que a mí allí... a mí, mira, Pedro, que a mí no me dejan entrar allí. ¡Tendrás que dejarme! 
    —¡Que no, que aquí no puedes entrar! 
    —¡Pues nada!
    Pues ya, pues se va otra vez. Dice:
    —¡Pues me voy a ver qué pasa! 
    Otra vez pa bajo.
    —¿Quién es? 
    —El herrero el Retamar. 
    —¡Atrancad, atrancad!
    Y ya dice uno que tenía la nariz muy larga, dice:
    —Mira que si no es el herrero y nos está engañando—. Dice: —Abrimos una rendijilla de la puerta, yo me asomo, y a ver si es. 
    Pues abre y, claro, tenía la riz | la nariz mu larga y le se | y pa verlo tenía que sacar la nariz. La saca, ve que es y... ¡pom! Cierra la puerta y le cortó la nariz. Claro, se la cortó él con la puerta.  
    —¡Ay, mira lo que me ha hecho! ¡No me ha podío coger ná más que la nariz y me la ha cortao! 
    ¡Que no!, ¡nada, que no! Pues ya se subió otra vez pa'l cielo. Él ya no sabía qué hacer. Dice: 
    —¡Aquí no me dejan en ningún lao! 
    Y llega y dice: 
    —Mira, a mí con tanto subir y bajar, a mí se me ha abierto un hambre que yo voy a comer. 
    Saca su merienda, se pone y le dice a san Pedro: 
    —¿Quieres un poco? 
    Dice: —No, aquí en el cielo no comemos. 
    Dice | Saca la bota de vino y dice: 
    —Pero el vino sí que te gusta, ¿eh?, que lo sé yo. Va, ¡échate un traguico vino! 
    Se empina san Pedro la bota y entonces ¡pum! Se coló. Y ya… allí buscándolo, y lo ve el Señor; dice: 
    —¿Qué pasa?
    —¡Un... pecador! ¡Un pecador, Señor, un pecador que se me ha colao! 
    Dice: —¡Ay, Pedro, Pedro, que el vino o te ha... o dormido el estado o la bota te la has empinado!

    Así, así acaba. Este cuento se ha acabao.

  4. Subcategoría

    1.2.1. Cuentos de magia