Sígueme y verás

Referencia: 
1410c
  1. Archivo de audio: 
  2. Informante: 
    Eusebia Rico Vicente
  3. Edad del informante: 
    91
  4. Localidad: 
    Nava del Rey
  5. Provincia: 
    Valladolid, España
  6. Recopilador: 
    Joaquín Díaz y José Delfín Val
  7. Fecha de registro:

    Sábado, 1 Enero, 1977
  8. Notas: 

    La informante lo titula Los Calvarios y asegura que se rezan en el convento de los agustinos de Valladolid.

    Registro sonoro perteneciente al Archivo de la Tradición Oral de la Fundación Joaquín Díaz (sign.: ATO 00003 19).

    Título indicado en las anotaciones de campo: "Sígueme y verás".

    Muchos de los temas de esta entrevista fueron también transcritos en el Catálogo Folclórico de la provincia de Valladolid.

    Otros datos de la informante:

    Eusebia Rico es natural de Nava del Rey, aunque sus padres eran de Pollos. De joven estuvo viviendo diez años en Vizcaya. También vivió en Rueda, de donde era su marido y donde tuvo a sus hijos. En el momento de la grabación, residía en Valladolid junto con una hija soltera.

    Con respecto a las canciones, declara que se solía reunir en Rueda con otros músicos para cantar jotas, sirviéndose de panderetas, guitarras, bandurrias y violines, mientras que un grupo de chicas bailaba. Ella solía cantar y tocar la pandereta.

  1. Categoría:

    Cancionero
  2. Subcategoría:

    6.1. Semana Santa
  3. ¶: 
    El pretorio en casa de Pilatos
    será la primera estación que andarás
    y verás que azotaron mi cuerpo tan fuerte,
    seis fuertes verdugos hasta se cansar.
     
    Sígueme y verás
    que Pilatos sentencia mi muerte,
    me dio procurando a César agradar.
     
    Reina del cielo,
    estrella del mar,
    líbranos, señora,
    del pecao mortal.
     
    La primera estación es adónde
    apenas oyeron la sentencia dar.
    Los sayones la cruz me pusieron
    en hombro y aprisa me hacían caminar.
     
    Sígueme y verás
    que una soga le echaron al cuello,
    de la cual tiraba algún hombre incapaz.
     
    La tercera estación verás almas
    que cómo a empellones me hacían caminar.
    El madero que a cuestas llevaba,
    el peso tan grande me hizo arrodillar.
     
    Sígueme y verás
    que, a puñadas, a palos y a golpes,
    aquellos tiranos me hacían levantar.
     
    En la cuarta estación considera,
    fue cuando mi madre me vino a encontrar
    en la calle amargura, injuriado.
    Vertieron sus ojos copioso cristal.
     
    Sígueme y verás
    que, aunque llena de angustias y de penas,
    siguiendo mis pasos fue su majestad.
     
    En la quinta estación, alquilaron
    para que la cruz me ayudase a llevar
    a Simón Cirineo, hicieron
    porque movidos fueran a piedad.
     
    Sígueme y verás,
    que lo hicieron temiéndose todos
    sería yo muerto antes de llegar.
     
    En la sexta estación, una santa,
    mujer fervorosa, llegóse a limpiar
    el sudor de mi rostro sagrado
    en un lienzo blanco, llena de humildad.
     
    Sígueme y verás
    que mi rostro estampando en tres faces
    quedó testimonio de aquesta verdad.
     
    La séptima estación es adonde he caído,
    en el suelo tal vez me hallarás
    y, del golpe que allí di tan grande,
    después no podía ni aún un paso dar.
     
    Sígueme y verás,
    muy llagado mi cuerpo y mi rostro,
    herido, escupido, renegrido está.
     
    En la octava estación, me salieron
    allá unas mujeres con gran caridad,
    que, afligidas, sentían mi muerte,
    haciendo sus ojos fuentes al llorar.
     
    Sígueme y verás.
    Yo las dije: —No lloréis mi muerte,
    si por vuestros hijos, supongo lloráis.
     
    La novena estación es adonde
    estando mi cuerpo desangrado,
    ya fatigado y muy falto de fuerzas,
    con la cruz a cuestas, volví a arrodillar.
     
    Sígueme y verás
    que esta fue la tercera caída
    y llegué con mi boca el suelo a besar.
     
    La décima estación es adonde,
    habiendo llegado al Calvario ya,
    al quitarle a mi cuerpo las ropas,
    volvieron mis llagas más a renovar.
     
    Sígueme y verás
    que la hiel con el vino agriado
    aquellos sayones a beber me dan.
     
    La undécima estación es adonde
    la cruz en el suelo postrada hallarás
    y, sobre ella, tendido mi cuerpo,
    verás que, sin manos, clavado está.
     
    Sígueme y verás
    que, al oír del martillo los golpes,
    quedóse mi madre del dolor mortal.
     
    Estas son las décimas doce,
    habiendo llegado, considerarás
    cómo en alto la cruz levantaron
    clavado mi cuerpo
    por mí avergonzar.
     
    Sígueme y verás
    el dolor que sintió allí mi madre,
    al verme clavado y en cruz levantar.
     
    Estación es la décimatercia,
    donde fervorosos fueron a alzar
    de la cruz mi sagrado cadáver
    dos santos varones con gran lealtad.
     
    Sígueme y verás
    que mi madre me tuvo en sus brazos
    mientras dispusieron llevarme a enterrar.
     
    Estas son las décimas cuartas,
    donde sepultura me fueron a dar.
    Me llevó en un santo sepulcro
    que en el cual estuve tres días no más.
     
    Sígueme y verás
    que dispués de dejarme enterrado,
    lloraba mi madre su gran soledad.
     
    Estos son los grandes dolores, tormentos
    y muerte afrentosa que quise pasar
    en cuanto hombre, fue solo por darte
    la vida y sacarte de cautividad.
     
    Sígueme y verás
    que si humilde contemplas en ellos
    siempre de tus oraciones participarás.
     
    ¡Oh, piadoso, divino cordero,
    Jesús, Dios y hombre, que solo mandáis
    que el que venga [¿…?]
    Señor, obedezco, las voy a tomar.
     
    Y con voluntad,
    los deleites y el mundo,
    los vicios y las vanidades
    los echo a olvidar.
     
    Yo pequé contra vos, Padre mío,
    perdón de mis culpas quería yo otorgar.
    Yo propongo firmísimamente
    jamás ofenderos, nunca más pecar.
     
    Y con voluntad,
    las catorce estaciones
    y cruces de la Vida Sacra
    siempre visitar.
     
    Que su majestad
    nos dará en esta vida su gracia
    y, después, en la gloria
    nos dejará entrar.